Culminó el 2017, y seguramente todos hicimos una evaluación del cumplimiento de nuestras metas personales y profesionales antes del 31 de diciembre. El año pasado seguramente no fue sencillo, pero, en mayor o menor medida, pudimos quedar satisfechos con los resultados.
Ahora bien, es casi seguro que los primeros segundos del primero de enero, entre uvas, champaña, espigas de trigo, maletas o lentejas (entre otros agüeros) hayamos deseado fervientemente el cumplimiento de alguna meta o deseo. Y no está mal, pues esas expresiones de nuestra sociedad son tan valiosas como el pesebre o la novena de Navidad; sin embargo, quiero llamar a la reflexión sobre algo que casi nunca hacemos y que nos puede ayudar a lograr esas metas e incluso otras más ambiciosas: más allá de desear, es necesario que nos gerenciemos.
La gerencia puede ser vista como la administración de recursos para lograr un objetivo. Por ello, teniendo el recurso más valioso (nosotros mismos), es absolutamente indispensable que lo administremos (o mejor, que nos administremos).
En lo personal, para que podamos trabajar, ganar mucho dinero y viajar, por ejemplo, es esencial tener una adecuada salud física, mental y espiritual, y eso implica alimentación balanceada, pocos excesos, mucha reflexión y algo de deporte.
En lo profesional, lograr un mejor cargo o desarrollar/crecer un emprendimiento implica disciplina y esfuerzo. Seguramente para ello se requiere crear rutinas de trabajo, actualizarse, estar informado, establecer alianzas y dar el 110% cada vez.
¿Y en lo humano? Esa parte es un poco más etérea. ¿Para qué ser un mejor humano? Pensemos por un momento cómo sería el mundo si todos y cada uno de los que lo habitamos buscáramos ser mejores humanos: más solidaridad, menos injusticia, más generosidad, más felicidad. También sería un mundo más respetuoso de las diferencias y del ambiente, y seríamos más conscientes de nuestro papel como garantes de la calidad de vida de todas las especies vivas.
Entonces, gerenciarnos para ser mejores humanos implica hacer un uso eficiente del agua y de la energía, propender por el uso del transporte público (o compartir el nuestro, o usar medios alternativos como las bicis), cuidar el patrimonio público, valorar nuestras expresiones culturales y velar por incrementar el capital natural de nuestro entorno. Un mejor humano apaga las luces cuando no las necesita y cierra la llave del agua mientras se lava los dientes... pero también viaja y conoce los parques naturales de su país, prefiere productos locales, disfruta las diferencias regionales y compra conscientemente solo aquello que necesita (sin pedir bolsas no biodegradables).
En este 2018, gerenciarnos puede ser el mayor reto, pero, así mismo, puede ser el camino más poderoso para llegar más allá de lo que pensamos mientras comíamos las 12 uvas. Los invito a todos, durante estas cabañuelas, a planear cómo ser mejores profesionales y humanos, y así emprender la construcción de un mundo mejor.
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