Educación virtual en emergencias: aprender también es reconstruir
Nelson Beltrán, Vicerrector de Inteligencia Artificial y Tecnología
Septiembre 7, 2026
Educación Virtual
La educación virtual puede apoyar la continuidad educativa cuando una emergencia impide temporalmente el regreso de los estudiantes a las aulas.

Cuando una emergencia impide volver al aula, la educación virtual no reemplaza la escuela: puede ser una herramienta temporal para sostener el aprendizaje, el acompañamiento y el vínculo.
Desde hace más de una semana, Valentina duerme menos, comparte menos tiempo con su familia y tiene más trabajo del habitual. La razón es sencilla, aunque nada pequeña: decidió poner su conocimiento al servicio de la reconstrucción del país.
No está reconstruyendo casas ni edificios. Está ayudando a reconstruir algo igualmente esencial: la posibilidad de que niñas, niños y jóvenes continúen estudiando en algunos de los territorios más afectados por la tragedia del 10 de agosto.
Como Valentina, más de 30 personas del equipo de educación virtual de la Universidad Ean decidieron sumarse voluntariamente a este esfuerzo. Profesionales comunes, con familias, responsabilidades y jornadas de trabajo, que entendieron que también podían aportar desde aquello que mejor saben hacer.
El propósito es claro: contribuir para que la educación no se detenga mientras los territorios avanzan en su recuperación.
Cuando la continuidad educativa no puede esperar
En medio de esta situación también han aparecido preocupaciones legítimas sobre el uso de la tecnología en la educación: ¿cómo no reclamar la reconstrucción de colegios afectados o en riesgo? ¿Cómo no preocuparnos por las brechas de conectividad? ¿Cómo no preguntarnos por los riesgos de sustituir indiscriminadamente el encuentro humano por una pantalla?
Son preguntas necesarias. Pero hay otra realidad que también debemos mirar.
Profesores que levantan la mano para acompañar desde la distancia. Docentes que viven directamente las consecuencias de la emergencia y que, aun así, están dispuestos a formarse para seguir cuidando a sus estudiantes a través de su oficio.
Eso también es educación. Y, sobre todo, eso también es humanidad, solidaridad y comunidad.
La educación virtual como herramienta para continuar
A veces hablamos de la virtualidad como si necesariamente significara distancia. La experiencia de estos días también nos muestra otra dimensión.
La tecnología puede permitir que una persona acompañe a otra incluso cuando existen kilómetros entre ellas. Puede conectar profesores, estudiantes y conocimiento cuando las condiciones físicas dificultan encontrarse en un mismo lugar.
La educación virtual no tiene que reemplazar el vínculo humano. Bien utilizada, puede ampliarlo, sostenerlo y llevarlo a lugares donde, de otra manera, sería difícil llegar.
Quienes trabajamos en educación virtual sabemos que la vida digital tiene retos. No siempre funciona perfectamente y las brechas de acceso siguen siendo una realidad que debemos resolver.
Pero también sabemos que la tecnología puede crear oportunidades para personas y territorios que muchas veces quedan por fuera de las respuestas tradicionales.
La educación virtual no debería convertirse en el reemplazo permanente de la escuela. Tampoco debería descartarse cuando puede evitar que una emergencia se convierta, además, en una interrupción prolongada del aprendizaje.
Cerca de 13.500 estudiantes necesitan una alternativa
Para entender la urgencia de lo que hacen Valentina y los profesores voluntarios, basta con dimensionar la realidad: de acuerdo con información del Ministerio de Educación Nacional, cerca del 1,4 % de los estudiantes afectados, aproximadamente 13.500 niñas, niños y jóvenes, serían atendidos mediante alguna modalidad de Escuela en Casa dentro de la estrategia de continuidad educativa.
En términos porcentuales puede parecer una minoría. Cuando hablamos de personas, deja de serlo.
Son miles de estudiantes que necesitan una respuesta mientras sus colegios, comunidades y territorios recuperan las condiciones necesarias para volver a la normalidad.
Y cuando existe el riesgo de interrumpir indefinidamente un proceso educativo, las respuestas necesitan reconocer las condiciones particulares de cada territorio y de las personas que están viviendo la emergencia.
La discusión no es presencial o virtual
Quizás ahí está el punto central.
Este no es el momento de enfrentar dos modelos educativos como si uno tuviera que derrotar al otro. La educación presencial tiene un valor irremplazable. La infraestructura educativa debe recuperarse y el encuentro entre estudiantes y profesores sigue siendo fundamental.
Pero reconocerlo no significa renunciar a las posibilidades que ofrece la educación digital cuando las circunstancias exigen encontrar alternativas temporales para continuar aprendiendo.
En situaciones como esta, la pregunta no debería ser si la educación debe ser presencial o virtual. La pregunta es mucho más urgente:
¿Cómo hacemos posible que un estudiante pueda seguir aprendiendo cuando las circunstancias amenazan con impedirlo?
Si la tecnología ayuda a responder esa pregunta, entonces vale la pena utilizarla con criterio, acompañamiento y sentido humano.
Tecnología para hacer posible lo que hoy parece difícil
Las emergencias ponen a prueba nuestra capacidad de adaptarnos, colaborar y construir soluciones.
También nos recuerdan que la tecnología no tiene sentido por sí sola. Su verdadero valor aparece cuando amplifica nuestra capacidad de actuar, conectar y cuidar.
Eso es lo que hoy veo en Valentina, en mi equipo y en los profesores que decidieron aportar su conocimiento de manera desinteresada. Personas utilizando herramientas digitales para que otros puedan seguir aprendiendo.
Y quizá allí está una de las mejores definiciones de lo que debería ser la educación virtual: tecnología que acorta distancias cuando más necesitamos encontrarnos.
Gracias a Valentina. Gracias a quienes han ofrecido su trabajo y su tiempo. Y gracias a los profesores que están preparándose para seguir acompañando a sus estudiantes.
Porque reconstruir un país también significa garantizar que, incluso en los momentos más difíciles, aprender siga siendo posible.
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