Lenguas maternas de Colombia, entre el olvido y el desconocimiento

John Jairo Aguirre Londoño
John Jairo Aguirre Londoño
Docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales
Actualidad

El 21 de febrero se celebró una vez más el Día internacional de la Lengua Materna. Sin duda, no es un hecho menor el que en nuestro país esa conmemoración se haya circunscrito a un homenaje al español y nada más. Pero son muchas más las lenguas maternas que aún viven en nuestro inmenso territorio; es decir, que son más las madres, pero ensombrecidas por una sola de ellas: la castellana, que nos llegó en carabelas desde Europa

En el año 2000 el Instituto Caro y Cuervo publicó uno de los libros más hermosos y completos que se hayan hecho en nuestro país sobre las lenguas indígenas que sobreviven en estas tierras. El trabajo fue coordinado por las maestras María Stella González de Pérez y María Luisa Rodríguez de Montes, dos eméritas investigadoras que contra todo pronóstico sacaron adelante dicha tarea. Por ella, un año después el Instituto se hizo acreedor del premio internacional Fray Bartolomé de las Casas. 

 

"Es un fenómeno normal dentro de las dinámicas lingüísticas el que a diario desaparezcan lenguas en todo el mundo, con la muerte de sus últimos hablantes".

 

Los reconocimientos, cuando son merecidos, nunca serán deleznables y mucho menos tratándose del  trabajo de quienes se preocupan por las minorías. Pero desafortunadamente no son suficiente para detener el olvido, el desconocimiento y la desaparición de nuestras lenguas indígenas. Hace dos décadas la cifra oficial decía que contábamos con 65 de ellas, más dos criollas (el creole y el palenquero), el romaní (la lengua de los gitanos) y una de señas. Hoy los números han tenido que cambiar por su descenso. 

Es un fenómeno normal dentro de las dinámicas lingüísticas el que a diario desaparezcan lenguas en todo el mundo, con la muerte de sus últimos hablantes. Lo preocupante es que en nuestro país eso lo veamos tan consuetudinario como el propio desaparecimiento de las personas. Si a eso nos acostumbramos, qué más da una lengua menos, dirán o pensarán algunos. Lo triste es que, con esas muertes, también se pierde todo el universo y la riqueza ancestral que llevan guardadas consigo. 

Por eso, en una fecha como esta, es un deber resaltar la labor titánica de esos “quijotes” que como las maestras del Caro y Cuervo, o varios de mis amigos de las universidades Distrital y Pedagógica, agarraron sus mochilas y se fueron a vivir con las comunidades indígenas para aprender de ellas y retribuir con poco toda su sabiduría. La riqueza estaba y aún está allá, al lado de los sikuanis y su lengua mágica que gobierna las llanuras del Meta y el Vichada, o junto a los curripacos en ese paraíso llamado Guainía. 

Hay un famoso dicho en Colombia que dice “madre no hay sino una”. Creo que en este caso no se cumpliría, puesto que en el Día Internacional de la Lengua Materna en Colombia se puede decir con toda seguridad que madres son muchas más. No solo es el español el que se debe vestir de pompa, son como mínimo media centena más de lenguas las que deberían celebrar su vida, mientras haya aún hablantes que las traigan del olvido y el desconocimiento.  
 

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