Una Colombia que pocos conocen

Aylin Rodríguez Vinasco

Generadora de contenido de la Coordinación de Gestión de Medios – Universidad Ean  

 

Actualidad


A propósito del paro nacional, que ya completa más de un mes, y de los desmanes que se han presentado e incluyen exceso de la fuerza pública, daños a la propiedad privada, desapariciones y asesinatos, un conocido me decía que se sentía muy decepcionado porque muchas de las personas que salen a las calles parecen venir de las cavernas. Le respondí que tiene toda la razón, hay una Colombia que pocos conocen y cuyos habitantes parecen vivir en la época de las cavernas.


Según datos de la Cepal, en Colombia hay 51 millones de personas, de las cuales 21.02 millones son pobres y 7.47 millones son extremadamente pobres, de acuerdo con las más recientes cifras del DANE. En términos porcentuales, la proporción es más o menos esta: del 100 % de la población colombiana, el 41.46 % vive en la pobreza y el 13.13 % en la extrema pobreza, es decir, el 54.59 % de los colombianos son pobres y muy pobres. Sí, más de la mitad de los habitantes, sin contar que hay muchos que por distintas razones nunca responden las encuestas y quedan por fuera del radar estatal. Pero ese es otro tema. Luego de presentarles este contexto, quiero contarles un poquito cómo se vive en esa Colombia desconocida de la que muchos quieren y merecen salir.

 

"Hay una Colombia que pocos conocen y cuyos habitantes parecen vivir en la época de las cavernas".


La pobreza va más allá de cuánto gasta una persona en un mercado o arriendo, es una palabra que estigmatiza y que, en muchos casos, duele reconocer. Una familia que vive en la pobreza, por lo general, no se puede dar el lujo de comer tres veces al día, porque en ese contexto los alimentos son un lujo que no muchos pueden darse. 

La educación es más que un lujo. La mayoría de los niños llevan a la escuela las ganas de aprender y el hambre, la esperanza de comer algo diferente al mismo arroz con aguapanela de casi todos los días. Muchos dirán que qué desagradecidos, al fin y al cabo, muchos ni ese plato de arroz tienen, y sí, es verdad, pero ¿por qué satisfacer una necesidad básica y vital debe ser un lujo para tantos y un privilegio para pocos?


¿Saben qué es lo peor de ese escenario? Que algunos políticos cambian votos y apoyo a sus iniciativas por la comida de los niños. El Plan de Alimentación Escolar, lejos de ser un programa de gobierno para ponerle fin al hambre en las aulas, se volvió un comodín electoral. A noviembre del 2020, la Contraloría adelantaba más de 180 investigaciones por corrupción en este programa, lo que significa un detrimento patrimonial cercano a los $ 75 000 millones. 


Para culminar la triste historia de la educación, les cuento que llegar a una universidad es, para la mayoría, algo que desborda el concepto del lujo y el privilegio. No en vano para muchos tener un título universitario, sin importar de qué carrera, convierte a los ungidos en doctores. Lástima que algunos aprovechen ese voto de confianza para hacer política y prometer un mejor futuro; para terminar robándose la esperanza, mientras que otros mueren con el sueño inconcluso de pisar una universidad.


Así, año tras año, década tras década, esos colombianos que viven en las cavernas vienen aguantando esto y más. Luchando día a día, pensando en el trabajo como otro dolor de cabeza, de cuerpo y de alma porque, pequeño detalle, sin trabajo no hay dinero, mucho menos comida, techo o educación. Precisamente de ello se han cansado muchos de esos ciudadanos que están hoy en las calles, de vivir en una caverna llena de carencias y abandono gubernamental.


Si es la forma o no, me reservo mi opinión, pero sí creo que para entender lo que sucede afuera muchos deberían salir de su burbuja, aunque sea un solo día, estar en la primera línea, pero de la pobreza. Quizá de esta forma podrían comprender, aunque suene a cliché, que los privilegios de unos cuantos no deben nublar la vista, porque ¿saben qué?, lo que he escrito aquí no es nada, tendría que escribir un libro para hacerle justicia a las condiciones de pobreza que se viven en este país.


Me despido contándoles que el sueño de construir una Colombia para todos, en donde nadie tenga que pensar qué “golpe” del día se salta, que ingresar a una universidad es una misión imposible y qué es no tener un trabajo digno. Porque ese debería ser el sueño de todos, no de unos pocos. Hay que trascender las diferencias políticas y de clase, ponerse en los zapatos del otro, en especial del menos favorecido. De lo contrario, este país no cambiará nunca y las cifras, en vez de disminuir, aumentarán.
 

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