¿En dónde buscamos la felicidad?

Natalia Ferrucho Patiño

Estudiante de Economía - Universidad Ean

Actualidad

No se puede ser feliz en soledad. Esta máxima aristotélica del pensamiento griego es una reflexión que tiene validez en nuestra cotidianidad al pensar en los caminos hacia la felicidad; es importante entender que la nuestra está condicionada por la de otros y normalmente no lo notamos.

La felicidad depende en gran parte de nuestro ser interior, sin embargo, el entorno y la sociedad juegan un papel importante para el alcance de esta. Más allá del optimismo y de lo bien que las personas puedan cultivar su manera de afrontar la vida, existen múltiples factores externos que influyen en nuestra felicidad; somos más felices cuando sentimos seguridad en las calles, compartimos tiempo de calidad en familia o gozamos de un buen empleo, entre otros.

El bien común es un campo abandonado; el individualismo, el “sálvese quien pueda” y el egoísmo imperan en nuestra cotidianidad, pero el colectivismo hace parte de nuestra naturaleza. 

 

"La necesidad que tenemos del otro es mucho mayor de lo que creemos".

 

 

En 1972, Suecia desarrolló el programa llamado ‘La familia del futuro’, buscando promover los derechos de independencia y autonomía entre los miembros de las familias; el gobierno remuneraba económicamente a cada integrante. Después de 40 años de ejecución, un estudio de la Cruz Roja de ese país arrojó que el 40 % de los suecos afirmó sentirse solo: al final de la anhelada independencia no se encontró felicidad, por el contrario, los ciudadanos declararon sentir vacío en sus vidas, como manifestó el sociólogo Zygmunt Bauman.

Usualmente entendemos la felicidad como aquella satisfacción de conseguir lo que queremos a través del dinero; los suecos recibían dinero periódicamente, ¿por qué el resultado no fue diferente con los recursos y la libertad para gastarlos a su antojo? Según Richard Layard, gran referente en el tema de la felicidad, el bien común nos exige preocupación por los demás, tanto como por nosotros mismos; necesitamos del otro y el otro también necesita de nosotros. En este punto, la economía del cuidado juega un papel importante en nuestra felicidad, la subestimamos sin comprender su importancia en el desarrollo personal. 

Un ejemplo de esto fue lo que se observó tras un experimento realizado entre finales del siglo XII e inicios del XIII, el cual fue impulsado por Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y consistió en aislar a 30 recién nacidos proporcionándoles los mejores cuidados, a excepción de cualquier tipo de afecto y un lenguaje con el cual guiarse. Su inquietud era averiguar el método de comunicación que desarrollarían. 

El resultado fue atroz: sin poder llegar a los 3 años de vida todos los bebés murieron. La falta de expresión emocional, afecto e interacción imposibilitaron su desarrollo personal, atentando contra la vida misma. La necesidad que tenemos del otro es mucho mayor de lo que creemos.

En la electiva llamada ‘Economía de la Felicidad’, a través de un barrido bibliográfico e investigativo, se muestra que para ser realmente felices necesitamos un concepto de bien común al cual contribuir. El filósofo inglés Thomas Hobbes afirma que tenemos el potencial de conseguir la madurez en la individualidad; sin embargo, múltiples estudios empíricos indican que somos seres sociales y que es científicamente imposible llegar a la total madurez —plenitud—, sin relacionamiento social alguno.

Todos tenemos la capacidad de cultivar buenas relaciones, no solo por nuestros propios intereses sino por el placer de acompañarnos, ayudar a otros y reconocer sus capacidades y logros. Si queremos incentivar nuestra felicidad teniendo presente la de otros, podemos participar de actividades conjuntas, explorar y aprovechar espacios deportivos, religiosos o culturales que desarrollen nuestra parte social. 

Una encuesta realizada a una muestra de la población estudiantil de la Universidad Ean, arrojó que el estudiante promedio gasta 54 horas mensuales en ver televisión, una cantidad que duplica el tiempo que dedica en compartir con amigos. ¿Eres consciente de esto? 

En la medida en que esa cifra aumenta nos alejamos sin notarlo; esto también sucede con el uso de redes sociales, Internet, videojuegos, entre otros. Este tiempo podría usarse para cultivar mejores relaciones con familiares, amigos y en pareja.

Aristóteles pudo observar esta situación en tiempos antes de Cristo (A.C), ¿por qué es tan difícil en nuestros días reconocer la importancia de su reflexión a pesar de las evidencias encontradas?

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