El poder de un clic

Docente Facultad de Estudios en Ambientes Virtuales - Universidad Ean
Luisa Fernanda Ramírez Sánchez

Docente Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales - Universidad Ean

Actualidad

Los cuestionamientos que salen a la luz pública cuando somos testigos de escándalos como el protagonizado recientemente por la periodista Vicky Dávila y el consejero de Comunicaciones del Gobierno, Hassan Nassar, nos deben llevar a pensar cuál es nuestro papel y nuestra responsabilidad como audiencia.

Más allá de generar una ola de controversias por la manera en que se maneja la ética en torno a la información y los temas que competen a toda una sociedad (al tratarse, en este caso, del uso de recursos públicos),  los medios tienen una absoluta y enorme responsabilidad en dicho escenario, si tenemos en cuenta que nos encontramos en una era en la que casi todo lo que pasa está a un clic de distancia. Esto, sin duda, genera un espectro casi ingobernable de cruce de datos y versiones que pueden ser apropiados a conveniencia y dan lugar a una situación de proporciones y desproporciones inimaginables; una deuda pendiente de los medios, pero también de las escuelas de periodismo. 

En cuanto a las audiencias, punto principal de este texto, habría que preguntarse hasta qué punto los consumidores de dicha información son quienes directa o indirectamente propician esta debacle de medios digitales y tradicionales. A modo muy personal, considero que son las audiencias las que se encargan de empoderar a quienes no deben, un pecado en el que caen por su afán de escoger solo aquello que los demás reproducen o viralizan. 

La gente se queja cuando los dos periodistas se tratan sin respeto, pero al mismo tiempo goza mirando y replicando la situación sin mayor aporte que la indignación detrás de un teclado o un smartphone, es la representación clara de lo que llamamos 'slacktivismo'...  morbo y regocijo interior a partir de la denigración y destrucción de otros. 

 

“Son las audiencias las que se encargan de empoderar a quienes no deben, un pecado en el que caen por su afán por escoger solo aquello que los demás reproducen o viralizan".

 

Y ese ir y venir de influenciadores que salen de la nada permite llevar a la cima a personas que aportan poco o nada positivo a partir de sus contenidos. Personajes como Epa Colombia, Luisa Fernanda W, y La Liendra, entre otros, son el reflejo de ese consumismo sin fundamento que se da por el afán de hacer lo que los demás digan, y de comentar y poner en el trending topic de las redes sociales a quienes no deberían estar ahí. 

Entonces, cada vez que estos referentes son objeto de algún episodio, salen a relucir las opiniones, los memes e insultos entre los que defienden a sus ídolos y los que no, convirtiendo estos espacios en un ring donde vuelan toda clase de agresiones y, al final de cuentas, donde resultan haciendo lo mismo que los dos periodistas cuestionados por estos días. 

Claro, el argumento podría ser que no hay comparación alguna porque ellos son personajes de la vida pública y otros no, pero en este mundo tecnológico en el que estamos la exposición de todos es constante y, definitivamente, sí somos, unos más que otros, personas públicas. 

No se trata de dejar de atender a los medios, pero sí de exigir qué contenidos publicar; una forma de hacerlo es saltando esa rueda; es atreviéndose a escuchar otras emisoras (por ejemplo, las universitarias); es sintonizando canales y videos en YouTube creados por gente de todas las generaciones con enfoques interesantes; es valorando el trabajo investigativo que muchos periodistas hacen, pero que se quedan en la sombra porque no aparecen en los medios renombrados. 

La invitación es a limpiar de Instagram y Facebook a esos ídolos insulsos y darles el apoyo incluso a personas, grupos y artistas que tienen contenido valioso por mostrar y que seguramente gustarían, pero  que, al no estar dentro de la línea popular y mediática, quedan en el olvido. Sería un buen comienzo depurar lo que seguimos, publicamos y empoderamos; trascender de la indignación a la acción; y restarle espacio a quienes viven de nuestros clics y nuestros likes, de nuestra participación y de nuestro interés, pero nunca lo agradecen.
 
 

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