Otra Columna sobre Violencia

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Por: Carlos Rojas Cocoma-Director del Programa de Historia y Gestión Política-Metodología Virtual de la Universidad EAN.

La historia del conflicto armado en Colombia es un asunto difícil de desenmarañar. Es como una bola de lana que siguió mal su ritmo y que en el momento de sacarla a flote, una y otra vez los nudos y los vacíos hacen imposible darle forma y explicación. A diferencia de muchos otros conflictos, los actores no han sido solo dos, ni eran agentes externos que amenazaban un sector interno. Tampoco era una historia de buenos o malos, pues cada uno, el Estado, el paramilitarismo, las guerrillas, defendieron con la frente en alto cada una de sus causas hasta el día de hoy. 

Se dice que el país sufre de una amnesia que no le permite interpretar su historia, y quizás eso no sea del todo cierto. Contrario a otros países donde los procesos de memoria deben forzar a la población de salir de un silencio que niega los procesos, en el nuestro la cotidianidad y larga duración de nuestros conflictos han obligado a convivir con la agitación del pasado. 

Poco importa que las luchas guerrilleras hayan sido gestadas en los años cincuenta, si en los años 90 las imágenes de las tomas a Patascoy, Puerres o las Delicias se imprimían en la retina de las nuevas generaciones. Una larga continuidad de dolor y conflicto del cual son muy pocos los colombianos que poco o nada hayan tenido que ver con él, obliga a que de cierta forma, aunque no sea en voz alta, nos atrevamos a preguntar a nuestros mayores el porqué de tanta sangre. 

En las familias los mayores a veces no responden, o responden con otros hechos impresos en sus retinas, pues también ellos crecieron al calor y la agitación de las armas. Pero la necesidad por comprender nuestro conflicto permanece, y por eso ahora más que nunca hace falta que historiadores valientes y actualizados, políticamente correctos y no correctamente políticos, tomen la vocería y comiencen a desentramar el tejido de los últimos cincuenta años. Menos demagogia y más comprensión.

Cuando se analizan los comentarios que aparecen en la conclusión de las columnas de opinión de la publicación virtual de los principales medios, una sombra de desazón sacude a los historiadores. Intencionada o no, deliberada o manipulada, la opinión sutil y desparpajada al final de cada nota revela la intolerancia entre unos y otros hacia el poder, la oposición, y todo lo que quede en el medio. 

Ocurre con todas las secciones, pero cuando se hace mención sobre el conflicto armado, el posconflicto o la violencia en el país, la opinión se embravece, se agita, se irrita y la intolerancia adquiere un tono irónicamente más violento que la mención que pueda hacer la columna. 

Es la presencia del tiempo presente que se vale de la contingencia para abuchear o celebrar a uno u otro político. ¿Funcionará? Quién sabe. En todo caso, entender el pasado puede unificar y dar sentido a los pasos de la actualidad; uno de ellos, el proceso de paz, tiene tanto de positivo que vale la pena tener paciencia en su desenlace. 

Foto: pixabay.com

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