La culpa es de la vaca, pero… ¿dónde está la vaca?

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Por Omar Alonso Patiño C., Director del Departamento de Gestión y Organizaciones, Facultad de Administración, Finanzas y Ciencias Económicas - Universidad EAN

 

Durante la pasada semana tuve la oportunidad de interactuar con un grupo de estudiantes de un colegio de Bogotá. Me vino como anillo al dedo esta oportunidad para analizar, de primera mano, un hecho preocupante frente al futuro de nuestra sociedad: la calidad de la educación.

Puede ser una pequeña muestra, tal vez no es válida desde el punto de vista estadístico, pero sirve para reafirmar el problema social al cual estamos abocados. Son muchas las aristas que se le pueden encontrar a esta situación, y muchos los actores que participan de ella.

Empecemos con algo de historia. Cuarenta años atrás, el deseo más grande de un egresado de la educación primaria, independientemente de su nivel socioeconómico, era ingresar a un colegio público para hacer su secundaria, y así llegar con facilidad a cualquier universidad pública o privada.

La situación actual difiere mucho de ese escenario. Hoy, el ingreso a la educación, en la temprana edad, está determinado por el presupuesto familiar. El niño perteneciente a una familia que tiene cómo invertir en educación es favorecido frente a aquel que pertenece a una familia que no puede hacerlo. Además, las épocas en las cuales ingresar a un colegio público era un privilegio han desaparecido; de hecho, muy pocos de ellos están en el ranking de los mejores del país.

 

 
 

“Las épocas en las cuales ingresar a un colegio público era un privilegio han desaparecido; de hecho, muy pocos de ellos están en el ranking de los mejores del país”.

 
 

 

Y entonces, ¿qué pasó? Son muchas las causas a las cuales se le puede atribuir este fenómeno; sin embargo, quiero detenerme en dos: las políticas públicas y la calidad de los docentes.

En el primer caso, al margen de los resultados, ha habido interés en invertir en educación básica y secundaria, y en los últimos años se ha mejorado considerablemente la infraestructura en las grandes ciudades; no obstante, la inversión no llega a los pequeños municipios, donde las escuelas siguen teniendo serios problemas en su planta física. Por otro lado, la cobertura ha mejorado, hay más niños asistiendo a los colegios, pero la calidad no despega.

En el segundo caso, recientes estudios han mostrado que los egresados de las facultades de educación son quienes obtienen los más bajos resultados en las pruebas Saber Pro, situación contradictoria si se tiene en cuenta que son ellos los responsables de formar a las nuevas generaciones, pero no tanto cuando se analizan las expectativas profesionales y los salarios a los cuales pueden aspirar.

 

 
 

“Recientes estudios han mostrado que los egresados de las facultades de educación son quienes obtienen los más bajos resultados en las pruebas Saber Pro”.

 
 

 

Un docente público, con un buen nivel en el escalafón, estudios de maestría y experiencia comprobada, puede percibir ingresos mensuales ente $3.000.000 y $4.500.000, menos de lo que puede aspirar un egresado de otras profesiones. Entonces, los que llegan a ser docentes distan mucho der ser los mejores; pero si alguno bueno llega, no puede aspirar a un salario acorde con sus capacidades. Estamos frente a un círculo vicioso que solo puede romperse cuando el docente gane dignamente y ello motive a los mejores bachilleres a encontrar en la docencia su opción de vida, más allá del ejercicio de un apostolado.

De no ser así, estamos condenados a que “ser el país más educado” sea lo que todos intuíamos: una falacia más de un presidente en campaña.

 

 

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