El apicidio o cómo estamos haciendo harakiri como sociedad

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Apicidio
Por: José Alejandro Martínez, Director del Departamento de Sostenibilidad del Instituto para el Emprendimiento Sostenible - Universidad EAN

 

Hace más de 400 años, en el antiguo Japón, los samurais tenían un código de honor el cual contemplaba una práctica que se nos antoja algo extrema para los occidentales: acabar con su vida, a manera de ritual, usando una espada y clavándola en su vientre, con el fin de morir de forma voluntaria y con honor en lugar de caer en manos del enemigo y ser torturado, o bien como una forma de pena capital para aquellos que habían cometido serias ofensas.

Este breve repaso de comportamiento japonés lo traigo a colación porque desde la revolución verde (entre los años 1950 y 1980) se viene utilizando una serie de compuestos que, por ser sintéticos o de origen artificial, generan unas consecuencias no deseables para los ecosistemas naturales.

Fertilizantes, plaguicidas, pesticidas y otras sustancias son usadas para promover el incremento de la producción de ciertos alimentos como el maíz, la soya, el trigo, la caña de azúcar o la palma de aceite; y, en efecto, en la mayoría de casos se ha incrementado el rendimiento de las cosechas, pero también ha aumentado el deterioro de suelos, ríos, lagos y aire, los cuales se han visto afectados por la presencia de estas sustancias que no se descomponen fácilmente en el ambiente.

 

Fertilizantes, plaguicidas y pesticidas han aumentado el deterioro de suelos, ríos, lagos y aire, puesto que son sustancias que no se descomponen fácilmente en el ambiente.

 

Ahora bien, a nadie se le ocurriría hacer algo que perjudicara directamente su vida o la de sus seres queridos de forma consciente; sin embargo, el uso de estas sustancias en la actividad agrícola, así como la contaminación del aire por material particulado o por el ozono troposférico, está teniendo unos efectos devastadores en una pieza clave de los ecosistemas: las especies polinizadoras.

Dichas especies, que buscan su alimento en flores de pequeñas plantas o de plantas de producen frutas comestibles, contribuyen al proceso natural de polinización al llevar en sus alas, cabezas o cuerpos el polen de una flor a otra, de una región a otra; pueden ser tan grandes como un colibrí o un pájaro, o tan pequeñas como algunos insectos entre los que se encuentran las abejas. A estas últimas, según estudios, corresponde el rol de polinización natural de más del 30% de las especies vegetales en el mundo.

 

A las abejas les corresponde el rol de polinización natural de más del 30% de las especies vegetales en el mundo.

 

¡Así que es hora de actuar! Las abejas son especialmente sensibles a sustancias tóxicas y, por ello, la muerte de gran cantidad de ellas no es más que una señal de que estamos afectando fuertemente nuestro entorno y, de paso, afectando la posibilidad de producir alimentos y de mantener el ciclo vital de las especies vegetales (flores, fruto, semilla).

Reducir el uso de sustancias sintéticas, utilizar sustancias naturales para controlar algunas plagas (pájaros que comen insectos, principios de alelopatía, etc.), promover el consumo de productos vegetales orgánicos, e incluso incentivar la instalación de colmenas de abejas domésticas en nuestras ciudades para mejorar el ambiente urbano, son algunas de las soluciones.

Más allá de los costos económicos por la pérdida de la función ambiental de polinización natural (que trae consigo bajas productividades y la necesidad de polinizar artificialmente las plantas), estamos frente a una situación de harakiri ambiental, y nos corresponde dejar de hacer lo que sabemos que está mal, para evitar que otras especies y nosotros mismos suframos consecuencias irreversibles.

 

 

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